Autoras/es: Thomas Chiasson-LeBel, Paz Torreblanca y Valeria Sánchez Aguilar 

El confinamiento, decretado en el contexto de la emergencia sanitaria por el covid-19 para proteger del contagio y ser aplicado de manera supuestamente universal, ha tenido impactos muy variados sobre la gente. Es evidente que no todos pueden trabajar desde la casa, y el choque financiero de un despido o del cierre del espacio público toma sentidos distintos para quien cuenta con ahorros y para quien vive al día. Además, a la diferencia entre las condiciones socioeconómicas preexistentes, se suman las distintas culturas de organización colectiva y, juntas, han hecho que las consecuencias negativas del ¡Quédate en casa! no sólo difieran, pero también revelen dinámicas de poder y contrapoder, jerarquías sociales profundas. El lema de que las crisis agudizan las desigualdades existentes se comprobó con la pandemia y el confinamiento, pero también se ilustró que emergen solidaridades frente a las crisis, cuya fuerza corresponde, en parte, a las necesidades agudizadas.

Estas son algunas observaciones generales fruto de investigaciones cualitativas realizadas para capturar cómo fue vivido el confinamiento en Ecuador y profundizar la interpretación de lo que significó. Mientras se endurecían las restricciones a la movilidad, los estudiantes de la maestría de investigación en Sociología de la FLACSO-Ecuador empezaban un curso sobre métodos de análisis cualitativo. El contexto generó un desánimo inicial, pues se trata del tipo de curso en el cual uno quiere aplicar, directa y prácticamente, lo que aprende. Las restricciones a los contactos sociales significaron un obstáculo considerable para aquello.

Al mismo tiempo, la novedad de la experiencia del confinamiento, y su impacto radical en las relaciones sociales y en las maneras de concebirlas, fue una situación idónea para crear y explorar la destreza sociológica en un contexto excepcional. Se propuso resolver esta tensión entre obstáculos y oportunidades mediante un trabajo colectivo de investigación cualitativa, precisamente sobre la experiencia del confinamiento.

El hecho que todos y todas vivieron el confinamiento no quiere decir que entendemos lo que significó más allá de la propia experiencia individual. Indagar más a profundidad en su significado, mediante entrevistas semiestructuradas realizadas a distancia con actores en distintas condiciones, ofrecía un potencial prometedor: revelar caras desconocidas de esta dinámica tan fuerte como efímera.

Con el espíritu de querer descifrar de manera más sistemática y empírica lo que significó el confinamiento para distintos segmentos de la población, se realizó un trabajo colectivo que incluyó a todas y todos los estudiantes del curso. El grupo de 12 integrantes se dividió en 3 subgrupos de 4 personas; y cada cual eligió una categoría distinta: jóvenes urbanos con un empleo, migrantes venezolanos en Quito e integrantes de comunidades indígenas de la región interandina. Los tres equipos de trabajo decidieron sobre los temas transversales a indagar: cambios en relación al trabajo, modificaciones en las tareas de cuidado, experiencias y redefiniciones del espacio de vida, y esparcimiento en confinamiento. Dadas las particularidades de los segmentos de población elegidos, la manera de abordar los temas compartidos tenía que ajustarse. Cada subgrupo preparó una guía de entrevistas, trabajó en contactar participantes y cada estudiante entrevistó a dos personas. Al final, cada subgrupo contó, en conjunto, con ocho entrevistas, que dio un total de 24. Es así como el trabajo colectivo pudo suplir a la falta de tiempo que resulta de las obligaciones académicas de los estudiantes, situación empeorada por las dificultades personales vinculadas a la pandemia y sus restricciones.

Después de haber transcrito y codificado las dos entrevistas, cada estudiante realizó, como trabajo final, un análisis e interpretación de las ocho entrevistas de su subgrupo. Los trabajos que siguen son una selección de 6 ensayos finales, dos por cada subgrupo. Son intentos de interpretación que apuntan a capturar los significados que sobresalieron y marcaron las experiencias de los entrevistados durante el confinamiento. No tienen todavía la dimensión comparativa, algo que se hará en próximas etapas, primero, mediante un coloquio previsto para el 12 de noviembre. Sin embargo, se estimó que esta primera etapa de publicación y difusión en Wangurina Digital era importante por la riqueza de las experiencias compartidas.

Escuchando a los migrantes venezolanos entrevistados, se nota la rápida y brutal caída económica que representó el confinamiento. Aquella población fue de las primeras en sufrir despidos y perder ingresos, quedándose con muy pocas opciones laborales, dada la prohibición de acceso al espacio público. Esto, en ciertos casos, desencadenó en desalojos por la incapacidad de pagar arriendos. De mecánico, uno se convirtió en vendedor ambulante de helados, y su destino parece ensañarse en su contra, no solo por la xenofobia que siente, sino porque la llanta de su carrito se dañó justo antes de la entrevista. El declive económico se expresa, de igual manera, cuando una entrevistada reveló que tuvo que aceptar hacerse dama de compañía para dar de comer a sus hijos. Solo la solidaridad con sus compañeros de infortunio, la aceptación de compartir lo poco que tenían, pudo frenar el declive.

En las comunidades indígenas investigadas, la respuesta solidaria se asemeja a aquella de los migrantes venezolanos, pero toma además el color de una tradición de trabajo comunitario, la minga. El encierro se hizo principalmente en comunidad, por la falta de sentido de quedarse en casa o aplicar un toque de queda para quienes viven de la tierra y tienen que cuidar de sus animales y cultivos. Frente a la falta de acceso a los mercados, la respuesta comunitaria se hizo evidente: se retomaron ferias de intercambio, con trueque o randi-randi, para suplir a las carencias de cada quien, con el sobrante del vecino o con intercambios entre comunidades. Al calor de la cultura comunitaria se agregó el olor de la resistencia, porque aquel confinamiento evocaba a Octubre 2019, cuando el cierre de comunidades fue una de las maneras de protestar contra el decreto 813 que subía el precio de la gasolina, y contra las medidas neoliberales anunciadas por el gobierno.

Aquella solidaridad aparece más tenuemente en la experiencia de los jóvenes urbanos, aquellos que tenían mejores condiciones para aplicar un confinamiento como lo imaginaba el gobierno. Sin embrago, se observa, en sus relatos, un aumento de las exigencias laborales vinculado a la difuminación dramática de las fronteras entre el espacio de trabajo y el espacio íntimo de la casa. Su visión de esta experiencia oscila entre el sentimiento de injusticia frente a la explotación y el de agrado por no haber perdido su empleo. Su discurso deja clara constancia de que, aunque su experiencia es muy distante de aquella de los migrantes, el declive de la condición de personas como los venezolanos y venezolanas en el Ecuador funciona como amenaza soterrada para incentivar la aceptación de las crecientes exigencias de sus empleadores.

Estos comentarios comparativos iniciales tienen como objetivo presentar e incentivar la lectura de los análisis que siguen. Las mismas ocho entrevistas para cada categoría de la población se encuentran analizadas dos veces, con miradas que apuntan a conclusiones similares, pero que brindan matices distintos que, esperamos, ayuden a ahondar en lo que fue el confinamiento por la emergencia sanitaria en Ecuador.

Conoce las investigaciones: