Autora: Pamela Chávez Calapaqui

Mi abuela solía decirme “hijita, uno tiene que ser fuerte, cuando a uno más le necesitan¨. Supongo que yo hice de esta frase mi himno de sobrevivencia durante casi todos los días de la cuarentena. La pandemia me agarró exactamente a 6, 946 km de distancia de mi hogar, en un país frío, sin los abrazos de mi papá, y sin la fortaleza de mi mamá. Mi universidad suspendió clases y tuve que resistir fuertemente para atender de forma virtual, 4 materias que de por sí ya me resultaban bastante difíciles. Vivía en el piso 10 de una residencia para estudiantes internacionales, y todo parecía más bien una casa de terror abandonada. Los corredores con las luces apagadas ya no reflejaban la urgencia de las clases, ni las caras de cansancio de los estudiantes somnolientos que iban a dormir a las 3 de la mañana. Los bajos de las canciones de electrónica ya no retumbaban en las paredes, y ya no escuchaba a mi vecina gritarle a su novio en mandarín. La mayoría de los estudiantes internacionales habían regresado a sus países, y hasta dos de mis compañeras de departamento ya estaban en Taiwán con sus familias.

Mi mejor amiga había regresado a Ecuador hace más de un mes, justo dos días antes de que se cerraran las fronteras. Cuando ella se fue, lo admito, pensé que estaba exagerando. Mis amigos y yo nos reíamos de la forma tan abrupta en que se fue, dejando todo detrás y sin importarle nada. Ella me decía: – Mi hermana dice que, si este es el fin, al menos debería ir para que nos despidamos. Por un momento, sentí mucha ira. Ella era muy afortunada, sus papás pudieron comprarle un boleto de última hora en business class, y tendría todo un piso para ella sola donde haría su cuarentena al llegar al país. Muchos no teníamos esa opción, y quizá ella ni siquiera lo notaba. A pesar de todo, me dolió que se fuera, la extrañaba, me hacía mucha falta. Cada día estaba más sola, volviéndome loca con las noticias de lo que ocurría en mi país, del infierno en el que Guayaquil se había convertido, preocupada por mi abuelo que tenía más de una condición preexistente, así como por la economía de mi familia que ya se encontraba frágil, como la de muchas familias en el país.

Es inherente tener en el corazón ese sueño utópico de cambiar el mundo cuando estudias Ciencias Políticas y Sociología. Aún así, siento que en la universidad me lo han ido arrebatando, primero porque te sientes cada vez más incapaz, más poquita cosa comparada con un mundo lleno de complejos fenómenos sociales. Y supongo que este jodido virus vino en el peor momento a convencerme de lo inútil que era. El mundo se caía a pedazos, miles de personas morían a diario, ecuatorianos quedaban muertos en las calles, abandonados por familiares que no podían hacer más por ellos. El mundo se iba apagando, y yo tenía que escribir 3 ensayos finales y todo en menos de una semana. En mi mente me decía que lo importante sería solo pasar el semestre, y para eso ya faltaba poco (3 semanas más). Me reconfortaba con ideas mediocres, porque sabía que no podía hacer NADA. No podía regresar a mi casa, no podía ver a mis papás, las fronteras de mi país no se abrirían mágicamente. Por más fantástico que pudiera sonar el hecho de que una pandemia global nos estaba matando, la verdad era que nuestra vida se había convertido en el cruel escenario de una novela realista, esto no era un cuento fantástico. El semestre nos estaba ahorcando a todos y uno de mis amigos casi no sobrevivió. 

A él no le afectó la COVID-19 directamente, pero le causó un daño más bien colateral. El aislamiento social, más el estrés de la universidad, hicieron que su ansiedad subiera. Todo esto desencadenó una crisis de depresión terrible. A lo mucho podíamos convencerlo de que se bañe y coma, pero que hiciera sus deberes era algo imposible. Fueron días desesperantes, sin saber cómo ayudarlo, con un miedo horrible de que la depresión lo llevará a pensar que lo mejor era morir. Al menos 3 días mis amigos y yo no dormimos, controlando su crisis, tratando de entender sus deberes para ver si los podíamos hacer (no hubo buenos resultados). No sabíamos a quién recurrir, no sabíamos cómo contactar a un psiquiatra. Su mamá en Ecuador se moría de la angustia y creo que su única esperanza era que nosotros lo podamos ayudar. La solución vino de una amiga, que casi como un ángel se lo llevó para que viviera a su lado, le conseguimos como por arte de magia a un psiquiatra que lo recetó, y eso al fin le dio calma.

Mis exámenes finales vinieron justo después de esto. No tenía cabeza para estudiar, me sentía exhausta, solo quería que de alguna forma todo parara por unos días para que yo pudiera estudiar. Sentía miedo y ansiedad. De estos exámenes dependía mi graduación, estaba en el último semestre y no quería arruinarlo todo al final. Imaginaba que esto era como correr en un maratón. Recordé que cuando entrenaba con mi papá, él siempre me decía que dé todo de mí en los últimos metros, que ese pique podría mejorar mi tiempo. Intentaba hacer lo mismo con mi último semestre, pero simplemente no podía. Concentrarme para los exámenes, era mil veces más difícil que el ardor de los músculos cuando los sobre esfuerzas. Mi dolor emocional se sentía peor que haber corrido un maratón de 25 km. Al final, no sé cómo lo logré, pero los exámenes se acabaron.

Dos días después de mi último examen, un correo me llegó. Asunto del correo <<vuelo humanitario>>. Remitente: Consulado de Ecuador en Canadá. Me informaban que exactamente en los próximos tres días, saldría un vuelo humanitario a Ecuador desde la ciudad de México. Si quería regresar al Ecuador, esta era mi opción más inmediata y quizá la única que tendría en mucho tiempo. El vuelo no era humanitario, nos costó $600 USD a cada pasajero, y nosotros mismos teníamos que buscar la mejor forma para llegar a México sin contagiarnos con COVID-19. Empaqué todo lo que había acumulado en 4 años de vida, en apenas tres cajas y dos maletas. En dos días y medio tuve todo listo, el ajetreo no me dejó ni pensar en lo difícil que sería despedirme de mis amigos. Cuando llegó el día, las lágrimas me salían por montones. No soy de las que lloran, prefiero hacerlo a solas, y solo cuando es muy necesario. Supongo, de todas formas, que esto era necesario, o que no pude aguantarme. De por sí las despedidas son duras, pero está lo era mucho más. No quería dejar a mis amigos justo en medio de una pandemia, tenía miedo de no volverlos a ver (aunque pueda sonar absurdo). No quería irme así, casi como escapando, del lugar que había sido mi hogar por 4 años.

Horas de viaje: 27 aproximadamente. Maletas: dos grandes, una maleta de mano, y una mochila. Implementos de protección: Una mascarilla N-95, 3 mascarillas quirúrgicas extra, 10 pares de guantes quirúrgicos, una gorra, lentes, gel antibacterial, y mucha, pero mucha fe. Hice 2 escalas para llegar a Quito, una en Toronto, y otra en México D.F. El viaje fue difícil, tenía miedo. Una chica en Vancouver se lanzó al suelo, lloraba mientras se despedía de su mamá por FaceTime, hablaba en mandarín así que no sabía qué es lo que pasaba. Nadie se acercó a ayudarla mientras estaba en el suelo, todos tenían miedo; yo tampoco me acerqué. En lo que respecta al vuelo, llegué bien a Toronto. La próxima conexión, de Toronto a México D.F, fue más tranquila. Casi todo el avión estaba lleno de ecuatorianos que yo supuse también vendrían en el vuelo humanitario. En México, todo estaba desordenado. No todos usaban mascarilla, a algunos parecía no importarles. Antes de subir al avión, la espera fue laaarga. Nos llevaron de un terminal a otro del aeropuerto, en dos buses, todos apretados, y sin respetar el distanciamiento. El avión que nos llevaría a Quito, lo vislumbramos desde la ventana del bus, casi como nuestra salvación. Algunos se tomaron fotos, la mayoría silbó y aplaudió, pero hubo quienes tenían miedo, como yo. Dudaba de la capacidad del avión, se veía viejo y la aerolínea al ser nacional, no tenía experiencia con vuelos internacionales.

Todo salió bien. El viernes 24 de abril llegué a Quito, aproximadamente a las 11:00 pm. Me demoré 4 horas, entre salas de espera, migración, y más viajes en bus, hasta llegar al hotel donde haría mi cuarentena. Llegué, no sé cómo lo hice, pero estaba en Ecuador. Los días que siguieron fueron mejores. Aún tenía el miedo de haberme contagiado en el viaje, no me habían hecho ninguna prueba, así que no podía estar segura. Sin embargo, el miedo ya era menos, y la esperanza había aumentado. ¿Contaron cuántas veces repetí la palabra miedo en este relato? Fueron 9. El miedo fue parte de mí en la cuarentena, pero también me hizo ser fuerte. Fuerte para mí y para los demás. Supongo que no soy la única que se ha sentido así, porque está bien sentir miedo. Está bien no estar bien. Lo importante es seguir adelante, tratar de avanzar, aunque sea gateando…